La horrorosa historia del chico japonés que decapitó a su amigo y dejó su cabeza en la puerta del colegio

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Seito Sakakibara tenía 14 años y estaba perturbado, lleno de rabia y violencia. En 1997 en la ciudad de Kobe su furia asesina estalló: mató a una nena de 10 con una martillazo y a un amigo de 11 le cortó la cabeza. La justicia japonesa lo dejó en libertad a los 21 años
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El 27 de mayo de 1997, una hora antes de que los alumnos de primaria entraran al colegio Tainohata, en la ciudad de Kobe, Japón, un celador descubrió algo horroroso. En la puerta de entrada del edificio había una cabeza empalada. Le faltaban los ojos y tenía la boca cortada de oreja a oreja. Cuando llegó la policía se descubrió que la cabeza pertenecía al alumno Jun Hase, de 11 años. Dentro de su boca encontraron una nota escrita con birome roja donde el asesino se identificaba como Seito Sakakibara: “Este es el principio del juego. Traten de pararme si pueden policías estúpidos… Deseo desesperadamente ver gente morir, es un desafío para mí cometer asesinatos. Se necesita un sangriento juicio para mis años de gran amargura”.

En una colina, muy cerca del colegio, la policía descubrió el resto de su cuerpo.

Ego asesino

Los detectives de homicidios no demoraron en percatarse de que el caso tenía algunas reminiscencias de aquel asesino del Zodíaco que había asolado a la ciudad de San Francisco hacia fines de los años ´60.

 
Pocos días después, el 6 de junio, el diario Kobe Shinbun recibió una nota manuscrita: Seito Sakakibara se volvía a adjudicar el crimen y amenazaba con más violencia. En otra larga carta que llegó después, pero que había sido fechada el 3 de junio y también había sido escrita con tinta roja, seguía con su diatriba: “Si soy atrapado seré probablemente colgado (…) La policía debe estar furiosa y persiguiéndome tenazmente (…) Solo cuando mato tengo paz. Solo cuando doy dolor a la gente, calmo mi propio dolor”. Condenaba al sistema de educación japonés y le achacaba que lo había “convertido, de manera compulsiva, en una persona invisible”.

La prensa, en estado de histeria por el sangriento caso, se equivocó al publicar el alias que el asesino se había puesto. Escribieron que el autor era Onibara en vez de Seito Sakakibara. Esto provocó la furia del adolescente que no soportó el error y volvió a mandar un mensaje amenazante: “De ahora en más, si leen mal mi nombre o molestan mi ánimo, mataré a tres vegetales por semana…. Y si creen que solo soy un asesino de chicos se equivocan”. Por vegetales se refería a seres humanos con capacidades diferentes, como lo había sido Jun. Además, desafiaba a la policía: “No iría tan lejos como para decirle a los policías que deberían arriesgar sus vidas, pero persíganme con más furia y determinación”. La carta coincidía con las otras y brindaba detalles que solo el asesino podía conocer.

Al principio de esta historia Sakakibara era llamado, por los medios de comunicación por su pseudónimo o como como Boy A (Chico A), para respetar las leyes de minoridad que imperan en Japón y que exigen no publicar el verdadero nombre de los menores criminales.

Un arresto a la locura

Las autoridades policiales sacaron a la calle a más de 500 investigadores. Mientras, los padres aterrados se organizaron en los vecindarios. Todos llevaban a sus hijos al colegio y ya ningún escolar andaba solo.

El 28 de junio de 1997, Japón tuvo el alivio de saber que el asesino había sido arrestado, pero se estremeció al saber la edad: tenía solamente 14 años.

Había pasado un mes del crimen de Jun Hase, el estudiante discapacitado a quien Sakakibara secuestró con artimañas, mutiló y le rebanó la cabeza con una sierra de mano. Los peritos forenses que analizaron sus restos hicieron otro descubrimiento: en la cabeza de Jun había restos de semen.

Una vez detenido Sakakibara confesó un segundo crimen que había ocurrido unos meses antes. Y también fue imputado por él.

Ensayos mortales

Retrocedamos en el tiempo, a principios de ese mismo año.

En febrero de 1997, un adolescente golpeó con un martillo, de manera imprevista, a dos chicas de primaria que iban por la calle. Las pequeñas tuvieron mucha suerte y pudieron escapar de su agresor con heridas leves. La noticia no trascendió.

El 10 de marzo de 1997, Ayaka Yamashita de 10 años, iba caminando con unas amigas cuando fue atacada por un chico desconocido que aparentaba tener unos años más que ellas. Ayaka recibió brutales golpes de martillo en su cabeza. Una hora más tarde, en el mismo vecindario, una chica de 9 años fue apuñalada varias veces. Fue derivada rápidamente a un hospital y sobrevivió. Seis días después, el 16 de marzo, Ayaka murió en el sanatorio por la gravedad de sus lesiones.

Esos ataques encadenados tuvieron algo en común: un mismo agresor. Seito Sakakibara, el precoz homicida detenido, confesó en su declaración ser autor de esos hechos. Sostuvo que habían sido un entrenamiento para llegar a consumar el verdadero homicidio, el de Jun Hase.

“Simplemente, quería probar distintos métodos”, sostuvo la televisión japonesa NHK que dijo el joven Sakakibara. El agresor también reveló, algo que horrorizó hasta a su propia familia: había lavado la cabeza de Jun en el baño de su casa. A modo de explicación dijo: “Lo hice para liberar su alma”.

Sakakibara mostró orgulloso a los detectives dónde se había deshecho de las armas que había utilizado. Los llevó hasta un estanque donde los buzos hallaron un martillo, un cuchillo y una sierra.

La hermética policía japonesa no dejó trascender ni cómo ni dónde mató a Jun Hase, ni tampoco cómo fue que los investigadores llegaron hasta Sakakibara.

Luego de su detención, la policía halló en la habitación del adolescente cintas de video sobre asesinatos, libros sobre Hitler y asesinos seriales y un escalofriante diario personal con su historia pormenorizada.

Después de los ataques del 16 de marzo, había anotado en su cuaderno de memorias: “Llevé a cabo estos sagrados experimentos hoy para confirmar cuán frágiles son los seres humanos (…) Bajé el martillo cuando la chica dio vuelta su cara y me miró. Creo que la golpeé dos veces, pero estaba tan excitado que no lo recuerdo bien”.

El 23 de marzo detalló con ironía: “Esta mañana mi mamá me dijo: Pobre chica... La chica atacada parece que ha muerto”.

Torturador de animales

Sakakibara nació el 7 de julio de 1982 en Kobe, Japón. La misma ciudad que, en enero de 1995, había sido escenario de uno de los terremotos más trágicos de la historia de ese país donde murieron 6434 personas.

Muy poco trascendió de su infancia debido a lo estricto de la ley japonesa, pero hay registros que dicen que desde los 12 años practicó con frecuencia la crueldad con los animales. A muchos terminó decapitándolos. Además, había empezado a llevar armas filosas a la escuela. A los que se animaron a preguntarle por qué lo hacía, les respondió que esas armas lo ayudaban a calmar su permanente irritación con el sistema.

Bajo presión materna logró aprobar los exámenes para ingresar a un buen secundario. Quienes conocieron a Sakakibara en esa época, reconocen que era un chico que se hacía amigos fácilmente, aunque parecía demasiado extraño. Entre sus hobbies, dijeron, estaba coleccionar ojos de gatos, lenguas de animales y que le encantaba mutilar palomas. Una anécdota de la época relata que una vez dispuso meticulosamente una hilera de ranas en la calle y luego les pasó por encima con su bicicleta. Parece difícil entender la falta de percepción de la familia de Sakakibara sobre la violenta personalidad de su hijo.

Unos años de cárcel y liberación

Una vez detenido Sakakibara fue llevado al centro de detención juvenil en Fuchu, en el oeste de Tokyo. En noviembre de 2001, fue transferido a un reformatorio convencional para que se le enseñaran habilidades sociales y, unos meses después, volvió al reformatorio psiquiátrico.

Hubo algunos abogados que dijeron que la investigación había estado mal hecha, que este chico tan joven no podía haber cometido esos crímenes. También se basaban en el hecho de que uno de los asesinatos parecía haber sido cometido por una persona zurda y el convicto era derecho y sostenían que sus confesiones eran absurdas.

Pero las pruebas acumuladas eran más que elucubraciones. En el año 2002, su propia madre fue a verlo a la cárcel y le pidió que le dijera la verdad, si era cierto que había cometido los asesinatos. Él le respondió que sí.

En marzo de 2003, el detenido pidió la libertad bajo palabra a los tres miembros del tribunal de libertad condicional de Kanto. Se la concedieron. Tetsuo Obata, uno de ellos, explicó que el juez consideró que el joven había sido rehabilitado y había alcanzado un nivel aceptable para un “suave” reingreso a la sociedad.

El mismo panel lo entrevistó y examinó en varias ocasiones y dijo: “Llegamos a la conclusión que la educación correccional y los cuidados psiquiátricos han obtenido buenos resultados”. Eligieron un lugar donde podría ir a vivir e instrumentaron planes para su vida diaria.

El 11 de marzo de 2004, en un acto sin precedentes en Japón, el ministro japonés de justicia anunció que Sakakibara, de 21 años, sería liberado desde el primero de enero de 2005.

Cambios en la ley y controversias

Los crímenes de Kobe, así se denominó al caso, generaron muchas discusiones a nivel nacional sobre qué hacer con los menores homicidas. Los políticos hablaban de restringir a los chicos japoneses los contenidos violentos y crueles y se cuestionó el papel de los padres en la educación y vigilancia de los menores.

En el año 2000 en respuesta a los homicidios de Sakakibara, se decidió bajar la imputabilidad de los menores de los 16 años a los 14.

La Madre de Ayaka Yamashita, Kyoko (que tenía 48 años cuando el asesino fue liberado), cuando el asesino de su hija fue puesto en libertad dijo que quería creer que él había sido rehabilitado realmente. Pero admitió que le quedaban muchas dudas. “Creo que Ayaka tendría la esperanza de que el hombre se hubiera redimido y hubiera cambiado su corazón para vivir una buena vida... Cada vez que veo chicos involucrados en crímenes, siento que debemos preguntarnos a nosotros mismos sobre qué estamos haciendo los adultos al respecto”, concluyó.

El primer ministro japonés, Junichiro Koizumi, expresó en ese momento que, probablemente, no había otra elección que liberarlo para darle la oportunidad de rehabilitarse.

Vanidad, dinero y revelación

Por haber sido menor, su nombre real y su lugar de residencia no habían sido revelados. Estaba libre y nadie sabía quién era él, salvo él mismo y su familia. Pero esto cambiaría por su horrible vanidad y codicia.

En junio de 2015, Sakakibara publicó una autobiografía titulada Zekka, con la editorial Ota Publishing Co. Tenía ya 32 años. En sus memorias, parecía pedir perdón por sus crímenes a las familias, pero relató los hechos con demasiado detalle. ¿Estaba disfrutando de los hechos nuevamente?

A pesar de que la familia de Jun Hase intentó bloquear la publicación del libro porque no querían que el asesino lucrara con sus asesinatos y que una cadena de librerías se rehusó a venderlo, la obra llegó enseguida a las listas de best sellers japoneses. La primera tirada de 100 mil ejemplares se agotó en tres semanas. Solo por esta primera edición el asesino embolsó 93 mil dólares. Dicen que, a lo largo de estos años, el dinero que recibió llegó a superar el millón y medio de dólares.

Esto desató la furia de muchos que piensan que Japón debe tener una legislación más parecida a la de los Estados Unidos, que previene que los criminales ganen dinero por publicitar sus crímenes.

No sé sabe qué habrán pensado los psiquiatras y juristas que recomendaron su liberación cuando leyeron en el libro lo siguiente: “Déjenme confesar algo: pienso que la vista era bella (...) Siento que nací solo para ver la belleza etérea de lo que tenía en frente de mis ojos. Pensé que podía morir”, en referencia al escenario montado con la cabeza de Jun expuesta en un lugar público. ¿Arrepentimiento? ¿O regodeo?, cabe preguntarse.

En sus memorias contó, además, que padecía una “conducta sexual desviada e incorregible” y que había obtenido satisfacción mutilando animales antes de los crímenes: “Cuando ingresé al secundario, ya me había aburrido de matar gatos y, gradualmente, me encontré fantaseando sobre cómo se sentiría matar seres humanos como yo”.

Mamoru Hase, el padre de Jun, dijo en 2016: “Está claro que no está arrepentido de ninguna manera por lo que hizo”. Y remarcó que los criminales como él no deberían tener permitido sacar ventajas económicas por sus crímenes. Nadie lo escuchó y el libro siguió siendo un éxito en ventas.

Pocos meses después, Sakakibara fue por más y armó una página web donde subió imágenes bizarras de un hombre desnudo con una máscara, con los abdominales bien marcados, que decía ser él mismo. En respuesta a todo este circo que armó, el diario Shukan Post, decidió desafiar a las estrictas leyes de protección de menores y expuso su identidad. Publicó su verdadero nombre (Shinichiro Azuma), contó que trabajaba como soldador en una construcción y que vivía en Saitama, un suburbio al norte de Tokyo. Y puso una de las escasas fotos que circulan de él.

Hoy Shinichiro Azuma o Seito Sakakibara, tiene 38 años y seguiría viviendo en los alrededores de Tokio. Es muy probable que sus vecinos y compañeros de trabajo desconozcan su verdadera historia. ¿Saberla podría ponerlos a salvo? Es una pregunta válida.

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